Siento que fue ayer, pero hace más de dos años que dejé de fumar. O eso quiero creer.
No, hace más de cuatro años. Fue en abril de 2022.
Tuve que hacerme una operación en la boca muy jodida, me abrieron la piel como un telón, tajo al medio y las puntas para arriba, escarbaron el hueso, me rellenaron con hueso de chancho. Así se hace. Todo bastante sangriento y bastante violento.
Quedé muy de cama unos días, y no podía fumar por lo menos por cinco días. O sea, podía si quería. Soy una persona adulta que vive sola y toma las decisiones que cree mejores, algunas veces. Y otras veces, como todos, hago lo que puedo.
En ese momento mi círculo social era grande, todas sonrientes, merqueras y fumadoras. Me acuerdo una ranchada en la que en una mesa de 12 personas yo era la única que no tomó del plato que giraba. Me sentí medio afuera, pero me fui a fumar, alguna se sumó conmigo y volví a formar parte de algo. Yo era la que se iba a dormir mientras seguía la joda. Eran las 5 de la mañana, yo venía escabiando a la par de ellas, todas duritas muertas de risa, yo muerta de sueño. Me costó bastante identificar que no es que yo era re aburrida , o tal vez sí. Pero tal vez es normal tener 35 años y tener sueño a las 5 de la mañana después de estar tomando y fumando toda la noche.
Pero mi círculo más más cercano no fumaba. Mi novia no fumaba, mi hermana, que vivía conmigo en ese momento, no fumaba, en el trabajo éramos (todavía somos) pocos, 5 o 6. Ninguno fuma tabaco en el día a día, alguna de noche, sí, pero nadie corta para fumar. Incluso andábamos bastante pegadas con la Bruja, y cuando le dije que yo quería dejar, se manijeó y se propuso dejar conmigo. Me hizo re bien ese apoyo, no sé si ella sabe lo que significó para mi ver que una amiga, alguien a quien amo con el corazón entero, que admiro, me ve, me usa de motorcito, de estímulo en algo que le hace bien. (por si lees esto, te quiero, Bru)
Yo ya venía restringiendo mucho el tabaco. No me gustaba fumar a la mañana, en ayunas, me bajaba la presión, la boca me quedaba con mal sabor. En la semana solo podía fumar después del almuerzo y elegía no fumar en el trabajo. Así que en general hasta las 5 de la tarde por lo menos no fumaba.
Pero también me había dado cuenta, después de 23 años de ser fumadora, que el cigarro de caminar no es que lo disfrutaba por el humito. Me gustaba porque quedaba lindo (?), porque me acompañaba, me entretenía. Hubo muchas veces que lo único que tenía al caminar era el cigarro, no siempre estoy con música encima, tengo períodos, pero incluso puedo viajar sin auriculares y no enloquezco. O sí, pero no por los auriculares. Entonces el cigarrillo de caminar apurada no lo disfrutaba. Se me iba rápido, no me saciaba. Si estoy súper paseando en la costanera una noche estrellada, me re voy a querer fumar un cigarrillo mirando las luces de los barcos tratando de adivinar si ya están en Uruguay o no. De hecho estoy pensando que voy a viajar en unos meses a CABA y voy a comprarme un cigarrillo suelto para disfrutarlo en cuanto baje del avión. Aunque la última vez que viajé a CABA, en diciembre de 2024, también por un casamiento, volví con el vicio de vuelta por unos 3 o 4 meses. Pero cómo lo disfruté, por favor, qué desgracia.
Como el cigarrillo de caminar ya lo había sacado de mi día a día, llegaba a casa y me ponía a merendar, y tal vez el primer cigarrillo del día aparecía cerca de las 7 de la tarde.
(salvo los fines de semana, que desayunaba bien, fumaba porro y tipo 11 me clavaba el primer puchito del día que ya me manijeaba para hacer cosas). Y el finde tenía dos visitantes, que todavía me cuestan. El porro y el escabio. El problema es que ahora me baja la presión como si nada. Como si fuese el primero de la mañana. La última pálida que me dio de noche fue después de fumar un Marlboro.
Yo empecé a fumar antes de empezar a tomar. Es verdad que tuve acceso precoz a muchas cosas, pero hace muchos años que fumo y tomo birra, como toda una unidad. No me imaginaba cómo iba a ser uno sin el otro. Fue difícil.
En el momento que empecé a dejar de fumar, en abril de 2022 empecé un diario, era un cuaderno rojo rivadavia, grandote, tapa dura tipo araña. Lo tenía porque iba a hacer microdosis y quería un registro específico de las micros. Lo empecé antes de las micros, arrancó a los tumbos y a los gritos con el tabaco. Tengo mucho registro en el cuaderno, al principio solo del tabaco, luego de las microdosis, luego del tabaco otra vez cuando me separé y luego de la tristeza que me invadió y me impulsó a hacer cosas, y también de la tristeza que me hundió en lo oscuro y me paralizó hasta el pensamiento.
En ese cuaderno tengo registrada la primera vez que fui a un cumpleaños estando yo recién con dos semanas de abstinencia. Fui con la Bruja, que estaba medio en la misma. Lo que más recuerdo es mi imagen en un espejo ovalado en el baño, en el que me veía de la cadera para arriba y quedaba mucho lugar sobre mi cabeza. La música pasaba tras la puerta, y yo me lavaba la cara, llorando de la ansiedad. Me costaba respirar. Solo tenía ganas de irme. Ni siquiera tenía ganas de fumar. Lo escribo ahora medio por arriba y me dan palpitaciones. Abrí la puerta del baño con la cara brillante de agua y lágrimas y transpiración. Tuve que atravesar un pasillo largo y oscuro para volver al living concurrido y encontrar a mi amiga para que me rescate. La busqué a mi novia para explicarle que me iba, me dio un abrazo y nos acompañó hasta la puerta. Yo saludé a la cumpleañera, la usé a mi amiga de excusa y nos fuimos a la mierda. A llorar a la casa. Si lo leo del cuaderno es como si lo reviviera. Creo que lo escribí post fiesta. El cuaderno rojo lo usaba como parche de nicotina. Si me daban ganas de fumar, escribía a mano todo lo que podía, me cansaba, me enganchaba con cosas. Si salía del cuaderno y volvía a tener ganas, volvía al cuaderno.
Eso y los chizitos los primeros dos meses. Qué angustia oral de mierda. Luego del primer año me di cuenta había aumentado cerca de diez kilos, que su mayoría sigue conmigo en este cuerpo que ya no fuma.
Además, esa angustia, esa ansiedad de comer te calma en alguna medida un aspecto de fumar, pero nunca todo.
Al dejar de fumar, hay algo de lo ritualístico que se pierde. No hay forma de reemplazarlo. Podés armar un nuevo ritual, pero el del cigarro, desaparece. Es lo más parecido que entiendo a morir. Yo tenía uno muy específico, que me gustaba mucho. Al escribirlo en el cuaderno rojo me dí cuenta todo lo que me gustaba.
Vivir sola hace que nos demos libertades en los rituales cotidianos que son más flexibles que si compartiéramos vivienda con otres, no porque una se avergüence, sino porque no puedo tener control sobre todos los aspectos de la casa, como los ruidos, ventanas, cortinas abiertas, la música.
Mi ritual cotidiano era salir del baño, en toalla, con el pelo mojado, recostarme en la cama y fumar, así, sin vestirme, sin peinarme, sin teléfono, sin música, sin estar aprovechando el tiempo para hacer mil cosas a la vez. Durante años, la medida del ocio fue un cigarrillo. Me fumo un pucho y sigo estudiando, estoy trabajando en la compu, me levanto, me fumo un pucho, me preparo un mate y vuelvo. En el trabajo durante años en gastronomía, fumando con los de la cocina en el fondo.
También escribí en el cuaderno rojo sobre este cigarrillo de después de bañarse. Ese cigarrillo lo duelé, lo lloré fuerte. Ahí me di cuenta de los rituales, que no habría nada para reemplazarlo. Nunca. Ya no me tiro en la cama después de bañarme, me visto, de una. O si ando muy idiota capaz agarro el teléfono y me engancho con alguna estupidez.
Es algo tan extraño de poner en palabras la sensación de compañía que genera, más que nada porque cuando fumás cotidianamente, lo naturalizás, es algo que siempre está. Yo nunca me quedaba sin cigarrillos. Siempre estaba ahí. Y cuando deja de estar traducís esa ausencia en luto, en falta. En algo que “debería” estar ahí, pero ya no está.
Una amiga que también estuvo dejando me dijo que ella se aferraba a todo lo que no le gustaba de ser fumadora, salir a comprar, tener que salir a fumar afuera, el olor, a su novio no le gustaba. A mi eso no me molestaba, salir a comprar, lo resolvía siempre de antemano, no solía salir solo a comprar cigarrillos. Fumar afuera, en estos últimos largos años viviendo en Tucumán, no era un problema por el frío, sino por el calor, pero no era tan grave. Y el olor, como el humo de un asado, si te llenás de olor es un asco, si es un poco, pasa.
Lo que recuerdo con ganas son algunos primeros besos, que si no hubiesen tenido ese gustito a tabaco en la boca no sé si los recordaría así. No es que me gustaba el aliento del pucho, pero alguito del dejo me llegó a calentar alguna vez. Incluso he fumado cogiendo. Si es bien manejada, es alta experiencia.
Una de las cosas que más me preocupaban cuando dejé de fumar era “cuánto tiempo voy a estar dejando de fumar”. Y unos meses después, me encontré sorprendida de lo corto que había sido el trayecto, que yo ya estaba lista, ya era ex fumadora. Bueh. Ya quisiera
Ayer entré al kiosco de la vuelta de casa, que está lleno de pibes en moto que laburan para pedidos ya. Había un chango en la puerta, me dejó pasar, se despidió de la chica y se fue. Yo hice un paso y sentí un humito, como un sahumerio recién prendido. Me sorprendió, no suelen poner sahumerios, Qué rico olor, le digo a la piba. No me entiende. Le insisto, qué rico olor, prendiste sahumerio, o no? Se me rie, no, el chico que se fue estaba fumando mentolado. Me dio un poco de verguenza, nos reímos.
Yo había ido a comprar celulosa, pero terminé comprando también un cigarrillo suelto, que al llegar a casa me fumé recostada en la cama sin zapatillas, como si estuviese recién bañada.

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